“Caminando por el bosque encontré un hada. Ella iva vestida de azul y tenía una luminosas alas. Era pequeña como mi esperanza en aquel momento. La miré detenidamente observando cada uno de sus destellos. Al notar mi presencia, posó sus ojos en los mios y me sonrió.
-¿Eres capaz de verme?- Quiso saber
-¿Qué razón habría para no poder verte?- Es que me gusta responder con otra pregunta.
- Me oyes- Afirmó regalándome otra sonrisa.
- No, no consigo oírte- Ironicé.
- Veo que estoy frente a una joven muy lista- Me guiño un ojo cómplice - Las personas que logran percibirnos, pueden por dos motivos: o son muy susceptibles, o tenemos una respuesta que necesitan – se acercó mas a mi estudiando mi reacción.
Recuerdo que fui en mi infancia muy susceptible, pero lo apagué por el miedo que me producía. Decididamente era la segunda opción. No tenía en claro que quería saber, así que miré a mi alrededor tratando de despejar mi mente y hallar esa importante pregunta.
De pronto descubrí que la hojas de los árboles eran verdes, que através de ellas se infiltraba el sol, ese sol que por cierto era de verano. Noté las raíces de los árboles desparramadas como al azar formando una nube en la tierra y diminutos bichitos yendo de aquí para allá.
Mis ojos divagaban por el paisaje describiéndolo cuando reparé en que lo que había delante de mi era un hada. El miedo de mi niñez retornó fuerte sobre mi, ahogándome en la desesperación. Recordé que este era el motivo por el cual estaba mirando a mi alrededor. Mi miedo era…
- Intenso – No se ni como lo dije, pero eso salió de mis labios.
El hada me miró curiosa, era obvio que no entendía lo que me estaba pasando, o eso creía yo.
- Si, lo he notado - ¿Qué había notado? No era capaz de razonar lo que estaba pasando. – Sientes intensamente – contestó a mi silenciosa pregunta – Por ejemplo ahora tienes mucho miedo.-
Para esta altura, la concepción de mi mente de la idea de estar hablando con un hada hacía efecto en mi cuerpo, por momentos respiraba entrecortadamente y tuve que sentarme para no caerme de la impresión.
Ella se alejo un poco de mi, posándose en una flor que estaba a la altura de mis ojos.
Así era mi miedo, cuando lo sentía no podía apartar la vista del objeto de mi terror.
- No te agradan las cosas intensas porque siente intenso- continuo con su monólogo pues yo hace rato que no participaba- Es que en la intensidad todo es mas fuerte ¿Cómo explicar? Pues si algo te duele, lo que para cualquiera sería un dolor común, tu por ello podrías desfallecer y lo que para el común de la gente es una vulgar alegría, para ti es la inmensidad de la felicidad. A causa de esto bloqueaste tu corazón y te niegas a sentir, pero aquí, delante de mí, eso de alguna forma se quebró, tienes pánico, lo entiendo.-
Empecé a hacer los ejercicios de respiración que me enseñase mi maestro de gimnasia. Ahora no solo tenía miedo y estaba temblando, si no que, sin pedir permiso, un par de lágrimas rodaban por mis mejillas.
Pero ese llanto era diferente a lo que normalmente me pasaba, no era por el miedo, eran por sus palabras.
Bien, lo admito, me estaba volviendo loca: no solo hablaba con hadas, si no que además lloraba por lo que me decía.
Cerré mis ojos, con la esperanza de que al abrirlos todo haya sido producto de mi imaginación. Sin embargo antes de volver a ver, no pude evitar hablar.
- Aún no te he preguntado nada –
- Entonces dime que es lo que te intriga –
Abrí los ojos y allí estaba sonriéndome.
- Quiero saber… quiero saber… - tartamudeaba, era como si en unos minutos sin hablar se me había olvidado como hacerlo - ¿Por qué siento tan intenso? No me gusta ¿Cómo podría hacer para dejar eso de lado? Quisiera dejar de alucinar que estas delante mio. ¿Por qué no tengo nada de especial? ¿Por qué volvió a mi aquel miedo olvidado? ¿Por qué no quiero sentir nunca jamás nada?- todas estas preguntas brotaron de mi como estallando.
El hada me miró algo divertida.
- Creí que solo tenías un duda – me reprochó burlonamente. Respiró profundo y exhaló.- Bien ¿Cómo te explico?- lo medito un rato – Todas las personas tienen una naturaleza que los hace especial y contrario a todo lo que se cree, no debe tratar de entenderse, ni mucho menos de negarlo, solo y únicamente aceptarla. Podrías ignorar esa intensidad, pero jamás deshacerte de ella, sufres al sentirla, pero tu sufrimiento es mayor al resistirte a ella. Esa intensidad es lo que te hace especial, algo que los otros no tienen, que te distingue de entre el resto. Por último, no quieres sentirla porque estas equivocada al evaluarla. Esa es la respuesta que buscabas. Tu corazón siempre la guardará, así que ya no tienes que preocuparte por estar alucinando. Esto será para ti nada mas que un intenso sueño.-
No recordaba haber ido a pasear con una duda, pero ya no la tenía.
Desde aquel instante viví intensamente.
Soñé con intensidad, lloré con intensidad, el dolor intenso me sofocaba, pero todo lo arreglaba una intensa alegría.
Se que las palabras que escribo ahora son intensas y llegaran intensamente al corazón de quien las lea.
Se por demás que así como mi vida la fue, mi muerte será intensa…”
Era la quinta vez en la semana que leía el mismo párrafo. Es que desde que había encontrado ese libro, deseaba poder encontrar un ser humano a quien ayudar. Desde que ingresase como aprendiz, era en lo único que pensaba.
- Dariba!!! – oyó que lo llamaban para que se juntase con el resto.
Se acercó a donde estaba el grupo de hadas y duendes.
- Las personas los buscarán cuando estén inquietos y ustedes deben saber como contenerlos – les explicaba el maestro a los aprendices. El se había perdido el comienzo de la lección – lo que quiero que hagan ahora es que tomen sus cuadernos y apunten las respuestas mas importantes.
Lo aprendices en silencio anotaban lo que el maestro escribía en la pizarra y alguna que otra observación que hacía.
Una de las ayudantes del maestro recorría el alumnado observando sus actitudes.
Se dio cuenta que Dariba en vez de palabras hacía dibujos en sus hojas.
Se agachó y le susurró al oído:
- ¿Sabes dibujar palabras? -
Dariba se sobresaltó y volteó a verla.
- Es que… - titubeó – no me gustan las palabras, entiendo mejor mis dibujos – concluyó con toda seguridad.
La ayudante le sonrió y observó que a pesar de estar hablando con ella no estaba distraído y seguía la clase atentamente.
Al terminar la clase, los aprendices se iban yendo cada uno a su casa.
Como de costumbre la madre de Dariba estaba retrasada y el tendría que esperar como lo hacía habitualmente.
A pesar de ello, la ayudante que le hablara en el transcurso de la clase notó que lloraba.
Lo abrazó y le preguntó el motivo de su tristeza. El le contó la razón y ella le preguntó:
- Si es lo que pasa siempre ¿Por qué lloras?-
- Siempre lloro también- le respondió el – solo que usted no lo había notado –
- Pero no entiendo de todas formas porque lo haces – ella tenía esa duda.
- Me siento mal porque llega tarde, aunque se que siempre llega tarde, solo dejo correr mis sentimientos, me gusta ser intenso – en ese momento llegó su madre y Dariba se despidió de la ayudante.
Ella se quedó pensando y recordó que hace mucho tiempo atrás conoció a una joven que temía a la intensidad y fue ella la encargada de darle la respuesta que necesitaba.
Con ese recuerdo en su mente sonrió. Y se alegró de poder transmitir la intensidad con la que fuera bendecida.
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